
He estado un intenso día practicando el papel de “la niña del exorcista” por un infame virus que ejerció el papel director de puesta en escena (con esto de diagnosticar ante cualquier síntoma que “es un virus”, los médicos aciertan más que las madres).
Es cierto que el giro de cabeza de 180º no lo he conseguido perfeccionar debidamente ni con mis persistentes ensayos, pero sí que vi una luz que me recordó la cantidad de tiempo que llevaba sin moverme y no únicamente por mi estado de enfermedad, ya saben, anda uno enfermo preguntándose por qué no ha aprovechado el tiempo cuando estuvo sano.. tal vez ustedes no les pase, tal vez el estado febril contribuyese a que lo pensase yo.
Aprovechando que me encontraba mejor y que he recuperado la capacidad de respiración en, calculo que, un alveolo pulmonar, he decidido apuntarme a clases para hacer algo de ejercicio (por favor, absténgase de jocosidades.. si es que esto es posible)… en la línea de mi comportamiento, andaba entre extremos, es decir, ¿blanco o negro?,¿ movimiento o inactividad?, ¿pilates o retomar boxeo?.. Ganó pilates por cercanía del lugar de “entrenamiento”, lo que no tenía tan claro es si con esta decisión ganaba inactividad o movimiento.
Así que allí fui, tan contenta por haber conseguido mantener una decisión febril hasta el día siguiente, con lo de dejar de fumar ya son dos las decisiones que tomo en mi vida que duran más de 24 horas.
Al llegar, por supuesto, trato de pasar sin mirar a la cara a la recepcionista del centro, únicamente para intentar controlar la recíproca antipatía que sentimos, ahora que nos íbamos, perdón, “vamos” a ver semanalmente. Por supuesto la citada “dama” estaba de palique con otra de la misma categoría contándose sus achaques, ambas con las caras con tantas capas como las de un Rembrandt tras una restauración (obsérvese que se trataba de un gimnasio).
Como llegaba con el tiempo justito para llegar a la hora, decidí interrumpir, previa disculpa por mi osadía, para solicitar me informasen del lugar en que se impartiría mi primera clase.
Dos cejas pintadas se arquearon, una ceja por rostro.
La primera de ellas me señaló que la segunda me indicaría a ciencia cierta el sitio, que bien conocía. Por el tonito irónico de esta aseveración, deduje, con acertada perspicacia, que la segunda ceja arqueada e indignada, pertenecía a la que iba (va) a ser mi profesora.
Sus caras y actitudes consiguieron que reviviese lo que se podría comparar con lo que sentí en mis primeras clases de danza, que recibí con unos 6 años. Clases que como no soportaba y pasaron a ser las primeras de mi amplísimo listado de inasistencia a todo tipo de clases, fundamentalmente de gimnasia.
Pero no debí de ser la única que volvió a la más tierna infancia, porque repentinamente las apacibles srtas. que esperaban con ánimo pausado el comienzo de las clases arrancaron en una incomprensible carrera por coger la colchoneta necesaria para los ejercicios, por estar en el sitio más cercano a “la profe”, sufriendo por comprobar quién aguantaba más haciendo el ejercicio más complicado… todo bajo el rítmico graznido de una antigua bailarina frustrada (supongo que por no tener tutú), mientras que a mí la absoluta falta de fuerza, me hacen fallar las piernas.
Tras el tercer ejercicio me di cuenta de que estaba deseando irme a la clase de "Taikowndo" que están impartiendo en la clase de al lado que podía ver a través de una cristalera y a la que estaba más atenta que a mi propia clase…¡¡¡ mi reino por aquellos “paws” para dar una patada de desahogo!!
Estaba yo concentrada en este pensamiento cuando al recuperar la posición de tumbada en la colchoneta, respiración al tiempo marcado, giro de cabeza a mi izquierda y observo que una araña viene directa hacia mi. Entiendan que en esa posición y a esa altura el bicho me pareciese suficientemente amenazante como para no poder concentrarme más que en tratar de no llamar la atención de aquella profesora y su séquito de urracas, mientras permanecía petrificada y luego intentaba esquivarla.
Horror! después de conseguir matarla sin hacer más ruido ni aspaviento, levanto la cabeza en un lastimoso esfuerzo por terminar con la última serie de abdominales camufladas en ejercicios etéreos y por supuesto, me encuentro con la sonriente cara de una conocida, gracias al cielo me consta que buena persona y sabrá no decir nada sobre mi cara de padecimiento. No obstante, es familiar de una amiga de la infancia que inevitablemente hará una comparativa entre mi vida y la de la que goza de parentesco, que me consta está felizmente casada, es recién estrenada mamá.. para qué seguir. Yo no sé mentir, tendré que decir que no creo en el matrimonio, que no tengo intención de tener niños y que en cuanto pueda cambio de curro. Así confirmarán sus sospechas de que siempre he sido un poco rara.
Cuando por fin se dio por terminada la infernal clase, recogí la colchoneta, con mi nueva aportación de motivo decorativo titulado “cadáver de insecto espachurrado” incluido, la llevo de vuelta al montón al que pertenecía, dejo atrás a las que se han remontado a la tierna infancia, que rodean a la profe tratando todas de contarle sus vivencias y voy directa al vestuario. Por último, le dedico un cordial saludo a la recepcionista, esta vez con una mirada directa, despidiéndome hasta la siguiente semana, como si nada.
La danza del grajo me ha dejado con innumerables agujetas, pero tengo un convencimiento inamovible, ni la “tribu de las cejas pintadas”, ni la de las “solteronas”, ni las de “las familiares de las socialmente correctas”, ni las de “las bailarinas de caja de música”, podrán evitar que vuelva.. así se dediquen todas juntas a soltar arañas junto a mi colchoneta.





































