
Me casé con un sapito.
Yo buscaba un ilustre y noble príncipe, porque para eso me habían educado, así que estuve caminando largo de charca en charca.
No había visto en mi vida a ninguno, pero me habían comentado que se encontraban allá por un maleficio que les echaron distintas brujas en distintos lugares. Bien, pues yo no sabía si estaban todos juntos o si habían reunido en una convención de príncipes encantados o qué se yo, esa parte no venía en los cuentos.
Así que ni corta ni perezosa me puse unas altas botas de pescar para andar por los lodazales intentando encontrarle convencida de que le reconocería por su croar.
Y así fue como conocí a mi sapito, lo saqué de la charca y le di un buen baño. Pensé que la falta de buenas costumbres podía haberlas olvidado por culpa de ese maleficio, que tal vez no sólo afectase a la apariencia, así que puse mucho empeño en que las recordara.
El caso es que pensé que conseguiría librarle de aquel hechizo. Pero pasó el tiempo y me di cuenta que no cambiaba.
No sé muy bien si me di cuenta cuando croaba, cuando me daba sus besos de sapito, cuando me abrazaba con sus patitas de sapito o cuando chapoteaba en el barro tan feliz. Y a mí, verle feliz me alegraba.
El caso es que cuando le dije a mi sapito, que aunque no me importase, yo creía muy importante que él supiese que no era un príncipe encantado, sino que era exactamente lo que parecía, un sapito.
Él se rió, me miró y con su vocecita sapil, me dijo, "amor mío, si es que tú eres una rana".
Mareablanca.



























