M. C. Escher
“Síndrome de Diógenes, en referencia a Diógenes de Sínope, un filósofo de la época de Aristóteles famoso por preconizar un modo de vida austero y renunciar a todo tipo de comodidades.
Suele darse en ancianos con cierta tendencia al aislamiento, aunque también intervienen otros factores estresantes de la edad tardía como las dificultades económicas o la muerte de un familiar, y sobre todo, la soledad.La posición socioeconómica no protege de su aparición, ya que se conocen casos de personas que padecían el síndrome que poseían títulos universitarios, con un alto nivel económico y carreras profesionales brillantes”.
Ahora tumbado en un sucio colchón desnudo, miraba extrañado a su alrededor. No podía recordar el comienzo de aquello. No podía recordar el comienzo de nada. No podía recordar ningún comienzo.
Movió ligeramente la cabeza sólo para alcanzar con la vista algo que le revelase el por qué de aquel estado y fijó su vista en la primera figura que estaba más próxima, justo a la altura de sus ojos... parecía porcelana, tal vez un jarrón. Sus ojos permanecieron fijos en él, concretamente en una grieta casi imperceptible, como la que padecía la memoria de su pasado.
No poder recordar el momento de su adquisición, tal vez la encontró.. no, recordaba un viaje, un joven apuesto, lo compró para ella en una carísima y lujosa tienda de antigüedades. Sí, algo recordaba. Y nuevamente una bruma.
Un destello. El de aquel broche, lo recordaba sujeto en su cabello, en el de ella. Lo había guardado recelosamente, para mantener su recuerdo. El reflejo de la luz en aquel espejo. La niebla volvía a concentrarse en sus pensamientos. Un libros, las cartas, su inciensero.. todos amontonados, todos secuestrados en esa habitación. Se volvían nítidos unos segundos, hasta que el dolor se empecinaba en emborronar nuevamente los lamentos.
Un rebelde rayo de luz cruzaba el cuarto. Recuerda. Un haz de polvo hasta aquel espejo y volvía a ver suciedad, partículas que flotaban eternamente estancadas en pleno vuelo. No podía recordar cómo había acabado en aquello.
Sabía que no había querido olvidarla y había tratado de mantenerla viva atesorando todos esos objetos. Había convertido su casa en el cementerio de los recuerdos. Tantos años en ese mausoleo le habían convertido en el guardián del mundo del recuerdo de los muertos.
No podía abandonar aquel lugar, porque nadie más que él la recordaba. No le faltó valor para seguir, únicamente tomó la decisión de embalsamar su vida para permanecer siempre juntos. Y por fin, cualquier cosa que se lo recordase acabó por almacenarse creando nada más que suciedad en los recuerdos, confusión en su memoria. Y así fue como le encontraron momificado en sus sueños.
Movió ligeramente la cabeza sólo para alcanzar con la vista algo que le revelase el por qué de aquel estado y fijó su vista en la primera figura que estaba más próxima, justo a la altura de sus ojos... parecía porcelana, tal vez un jarrón. Sus ojos permanecieron fijos en él, concretamente en una grieta casi imperceptible, como la que padecía la memoria de su pasado.
No poder recordar el momento de su adquisición, tal vez la encontró.. no, recordaba un viaje, un joven apuesto, lo compró para ella en una carísima y lujosa tienda de antigüedades. Sí, algo recordaba. Y nuevamente una bruma.
Un destello. El de aquel broche, lo recordaba sujeto en su cabello, en el de ella. Lo había guardado recelosamente, para mantener su recuerdo. El reflejo de la luz en aquel espejo. La niebla volvía a concentrarse en sus pensamientos. Un libros, las cartas, su inciensero.. todos amontonados, todos secuestrados en esa habitación. Se volvían nítidos unos segundos, hasta que el dolor se empecinaba en emborronar nuevamente los lamentos.
Un rebelde rayo de luz cruzaba el cuarto. Recuerda. Un haz de polvo hasta aquel espejo y volvía a ver suciedad, partículas que flotaban eternamente estancadas en pleno vuelo. No podía recordar cómo había acabado en aquello.
Sabía que no había querido olvidarla y había tratado de mantenerla viva atesorando todos esos objetos. Había convertido su casa en el cementerio de los recuerdos. Tantos años en ese mausoleo le habían convertido en el guardián del mundo del recuerdo de los muertos.
No podía abandonar aquel lugar, porque nadie más que él la recordaba. No le faltó valor para seguir, únicamente tomó la decisión de embalsamar su vida para permanecer siempre juntos. Y por fin, cualquier cosa que se lo recordase acabó por almacenarse creando nada más que suciedad en los recuerdos, confusión en su memoria. Y así fue como le encontraron momificado en sus sueños.




















