lunes, abril 24, 2006

El lagarto de la terraza


Todas las mañanas salía a regar sus plantas. Tenía su bonita terraza y le gustaba salir a deleitarse con sus plantas, veía cómo crecían, les hablaba y hasta acariciaba. Las plantas crecían y era feliz.

Un día observó tras la cristalera a trasluz, lo que le pareció un lagarto y con su afán cuidar, de radiar vida, de transmitir energía empezó a alimentarlo dejándole trozos de su propia comida en un platito cerca de la jardinera en la que observó que se acostumbraba a tumbarse.

Tal era la obsesión que empezó a ocasionar el lagarto que pasaba el día ansiando su visita, poder verle. Empezó a cocinar comidas especiales, e incluso a descuidar sus plantas que empezaron irremediablemente a marchitarse. Las hojas se amarilleaban y se secaban cayendo alrededor de las macetas. La terraza perdía encanto y parecía que estaba abandonada, pero ella ni se daba cuenta.

Hasta orientaba su vida al sol, a su sol, al sol del lagarto para que aquel lagarto pudiese salir a tomarlo.

Pasaron los años y el lagarto creció mientras seguía con su vida, por supuesto, sin rechazar los gratuitos cuidados que ella le daba. De hecho hasta apareció con su nueva compañera y la primavera siguiente hasta le dejó allí una cría para que la cuidara.

Ella ferviente y ciega seguía dándole todos los cuidados.

Una vez ya anciana, seguía saliendo a recibirle le preparaba la comida y él con paso solemne casi arrogante del que se sabe anhelado, llegaba, descansaba se alimentaba, como si del Sr. Del feudo se tratase y seguía su camino del que ella nunca supo nada.

Una mañana, ella estaba especialmente cansada, pero se despertó ante el sonido del retumbar del paso del lagarto pues tal era su tamaño que sonaban como tambores sus pisadas. Y al salir a su terraza allí lo encontró, esperándola. Ella agotada esa mañana no había podido prepararle nada y miró a su alrededor. Toda su vida había estado cuidando de aquel bicho, ahora estaba sola y la muerte de sus plantas la rodeaba como presagio certero.

Le miró con una clara expresión de dolor, puesto que no sabía como explicarle que no tenía ninguna obligación y que le había dedicado su vida por placer, por un sentimiento absolutamente altruista, no sabía cómo decirle que tenía derecho a descansar un día, aunque fuese uno solo. Pero él era lagarto y ni entienden, ni escuchan, ni explican, ni hablan.

El lagarto enorme, clavó en ella sus ojos. Pasó una pata por encima de la cristalera que siempre estuvo abierta para él, pasó la siguiente, alargó el cuello, posó sobre ella una gélida mirada abrió su boca y sin más, la tragó.

(Mareablanca)

  • Inspirado en mi Juanchito, lagarto que llevo viendo crecer desde que no medía más que un par de centímetros y que me visita cada primavera. La primavera pasada lo hizo con su familia. Nunca le he dado de comer, sobre todo tras leer cierta inspiradora leyenda asturiana, que les publicaré en otro momento...

6 comentarios:

Gatopardo dijo...

Y cuando despertó, el dinosaurio estaba allí...

Suele suceder con los hijos cuando son grandes, los seguidores de las revoluciones que llegan a triunfar y algunos hombres revividos artificialmente por algún científico loco.

Espero que tu relación con Juanchito siga como hasta ahora.

rugidos de gatosaurio

Unknown dijo...

*Mi querido minino, curiosamente está referido a aquellas amantísimas esposa, aquellas insomnes madres, a esas revoluciones patrias..

Tendré que revisar estos enlaces en el blog que parecen haber tomado vida propia haciéndonos intercambiar pensamientos sin necesidad de escribirlos.

Oleadas de besos antediluvianos.

(Juanchito ya dejo de merecerse diminutivos.. imagínese)

Alfredito dijo...

Comprendo perfectamente tus miedos. Mi hijo, desde muy pequeño, mostró un extraño interés por toda calse de alimañas y animalillos de toda índole. Esa tendencia natural me sirvió para desechar cualquier validez a las teorías genéticas tan en boga, pues a mí siempre me han repelido los bichitos, y para vivir en una continua búsqueda de exóticas especies, actividad que me llevó a conocer rarísimos lugares, tiendas semi clandestinas y tugurios infectos. En mi casa convivimos con peces varios, ranitas venenosas, sapos argentinos de lo más horrible, escorpiones, camaleones, serpientes peligrosas (aún recuerdo la que se escapó del terrario y se deslizó por mi espalada al ponerme una camiseta), tortugas y pogonas. Mi hijo compró 2 pogonas recién nacidas que acabaron por convertirse en dos pedazos de lagartos impresionantes. Uno de ellos, "Punki", vivió con nosotros mucho tiempo, hasta que a mi hijo le pilló una vena anti-cautividad y empezó a hacer campaña en contra de cualquier tipo de jaula, pecera o terrario. La pogona "Punki" acabó en un pueblo de las cercanías de Barcelona con un criador que mantenía los lagartos en semi-libertad. Y allí debe de seguir, tomando el sol más feliz que un jeque marbellí.
Y besitos.

Unknown dijo...

Mi querido Alfredito,

No sabe cómo me alegra tenerle de vuelta de esos helados viajes por las tierras altas.

Respecto al tema que nos atañe.. pues para qué decirle. Lo de las alimañas es un tema bastante complicado, resulta que he descubierto que mutan y aunque pueden aparecer de distintas formas e incluso hacerse pasar por “espachurrables” ositos... en cuestión de segundos están capacitados para “metaforsearse” en increíbles criaturas que pueden comernos las entrañas.

Creo que es un tipo de involución de aquello que fue uno y homogéneo y se transformó en algo compuesto y heterogéneo... tal vez sea culpa de algunas radiaciones solareas nucleares producidas por el cambio climático...

Voy a mandar a Juanchito de campamento con Punki, por si las moscas.

Y oleadas de besos con protector solar, por si las radiaciones.

Anónimo dijo...

Hay mucho lagarto por el mundo, mucho, mucho.

Unknown dijo...

*MDM, :):):)

Ya ve usted, entre lobos, lagartos.. esto empieza a tener cierto parecido con el Zoo o como mínimo con "Faunia". ;)